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domingo 7 de febrero de 2010

Mi Amigo Willy



Foto: Hamster in hand - Keith Pomakis




Dedicado a la creativa Sechat...



Hace años tuve el capricho de comprar un hámster. Escogí, entre un tropel de inquietos algodoncitos, a un apacible roedor blanco: un macho europeo estilizado y noble, suave de pelaje y de conciencia. Me enamoré de él, la verdad. Y adquirí también una hermosísima jaula de dos pisos, último modelo, a estrenar; un lujoso apartamento dónde el animal pudiera acomodarse a placer. Mi vecina Sophie decía que Willy -que así acabé llamándole-, era decididamente tonto, porque jamás había osado morder a sus dos sobrinos -dos potenciales psicópatas-, a pesar de que en alguna ocasión que les dejé jugar con él ciertamente lo merecieran. Pero la preferencia que el roedor mostraba por el descanso diurno le salvaba, en buena medida, de un drástico destino.


Además, el animalillo parecía disfrutar con su soledad; incongruentemente se le intuía feliz, o al menos resignado en aquella cárcel de aluminio. Por eso no sé que me indujo a suponer que, al igual que nosotros los humanos, quizás también Willy necesitara relacionarse con otros congéneres de su especie. Decidí entonces abanderarme de Celestina, y opté finalmente por comprarle un pariente hembra tricolor. Acompañé al nuevo lote con una casita de plástico: sería una buena idea que ambos, dentro de la amplitud de aquel hogar, gozaran de un rinconcito más íntimo. Bauticé a la nueva inquilina con el apelativo de Rata. Sí, oyeron bien: Rata. El carácter arisco y pendenciero que mostraba con sólo acercarte a observarla no me inspiró mejor nombre. El caso es que, conforme fueron transcurriendo los días, la complicidad entre la pareja se iba haciendo más evidente: si los observabas de madrugada los veías jugando al pilla-pilla, turnándose para ejercitarse en la hámster-rueda, o transportando comida de una esquina a otra del habitáculo en sus hinchados abazones. Horas después, cuando despuntaba el alba, amanecían finalmente acurrucados dentro de su pequeña casa. Era, a su medida, una típica relación de pareja.










Todo parecía ir perfecto en aquella diminuta historia de amor... Hasta que la hembra quedó preñada. Aquel particular afecto -permitidme llamarlo así- que hasta entonces Rata había manifestado hacia Willy, tornó, para infortunio del macho, en un desapego total. Así transcurrieron dos semanas, hasta que sobrevino el parto... Y todo evolucionó, ajustándose a la Ley de Murphy, a peor. Aquel alejamiento primario desembocó en una relación agresiva y dominante por parte de la madre primeriza hacia Willy. Acumulaba aquella, dentro de su casita, todo el avituallamiento que yo les servía generosamente a diario, de manera que el hogar plástico se alzaba ahora sobre un matizado montón de variopintas semillas donde se adivinaban, con cierto esfuerzo, las crías del malogrado matrimonio. La figura paterna de Willy no tenía ya cabida en aquel hogar. De hecho, varios días antes del parto, ya había sido desalojado entre feroces mordiscos.


Un amigo veterinario me había recomendado retirar al macho de la residencia compartida antes de que se produjera el alumbramiento, pues al parecer algunos tienen la extraña costumbre de devorar a los recién nacidos. Salvando con respeto su criterio profesional, jamás hubiese imaginado eso de Willy. Sin embargo terminé sacándolo de la jaula, precisamente porque presentía que era su vida la que corría peligro, pero en ningún momento la de los demás. El ratoncillo blanco, a partir de entonces, pareció resentirse por aquella humillación. Sé que puede pareceros irrisorio, pero los síntomas que manifestaba el animal no se alejaban de aquello que pudiéramos sentir los humanos: dejó de alimentarse, la tonalidad de su hermoso pelaje comenzó a decaer, y ya no se prestaba a jugar ni sólo ni acompañado. Fue abandonándose a la apatía, hasta que una tarde murió. Le di un digno entierro, bajo el mejor de mis geranios.

Sé que tal vez a vosotros no os inmute el relato de un ratón. Pero a mí, cada vez que regresa a mi memoria, siempre acaba sobrecogiéndome. Y me siento triste; triste e impotente. Igual que debe sentirse un gato hambriento, mientras hurga entre las bolsas de basura de un sex shop. Al fin y al cabo fui yo quien presentó a Willy a su novia. Por eso me juzgo, en cierto modo, responsable de aquel malogrado desenlace. Que afloren a partir de ahora vuestras propias conclusiones, que cada cual organice su particular moraleja: libres sois de elucubrar. Yo, por mi parte, ya concluí la propia: mientras que mi vecino Jacques continúe enriqueciéndose en sus viajes al extranjero, yo insistiré en mis obligadas visitas nocturnas al dormitorio de Sophie. Hasta entonces, nada serio. Porque al final va a ser cierto eso que dicen del la confianza y del asco...




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NOTA: Este relato fue publicado por primera vez en mi anterior blog, el día 5 de Junio de 2009. Hoy lo reedito, por el especial cariño que siempre le he profesado. Además de ser el último post que publiqué, antes de mi despedida, guarda un triste secreto: todos los personajes que en él intervienen son ficticios, salvo sus dos verdaderos protagonistas... La historia en sí es real, la viví, y os la conté tal como sucedió.












miércoles 3 de febrero de 2010

Un Premio y Un Mal Llamado Poema









Hoy, día 3 de Febrero de 2010, este Cajón de Sueños llamado Las Palabras Insolentes ha sido elegido Blog del Día. Y curiosamente ha sido ahora, cuando cumple un año desde que inició su bautismo de fuego por estas tierras. Este reconocimiento que hoy se me brinda ha significado todo un honor. Un privilegio, sin duda, que no sería tal si no fuese por vuestra presencia. Por eso es de justicia que os dedique este premio y esta entrada, ya que considero que una gran parte os pertenece: a todos aquellos que, de puntillas o a viva voz, habeis pasado por aquí en alguna ocasión para acompañarme; para soñar conmigo. Os puedo asegurar que nada de lo que alguna vez hayais podido encontrar aquí hubiera tenido sentido sin vuestra complicidad.

El Premio que otorga la Web Premios Blog del Día lleva implícita una pequeña entrevista que, si os apetece leer, encontraréis en este enlace. Os aviso que, cuando se trata de mí, suelo ser parco en palabras. Por eso esta vez no iba a ser menos.


Y para que este post no resulte tan soso como egocéntrico, se me ha ocurrido engarzar unas cuantas de palabras al azar, con lo cual ha resultado el siguiente mal llamado poema por si os apetece perder aún más vuestro tiempo:



¡Elevadme! ¡Aun más alto!
¡Qué arriba me encuentro ahora!
Ya no veo el monte gris
del que me hablabas ayer.
Ni esas aguas cristalinas
(que nunca lo fueron, ¿sabes?)
donde mis ojos te vieron
reflejada la sonrisa.
¿Dónde habitan esos árboles
que, en otoño, vestíamos
a capricho desde abajo?
¿Y dónde nuestros ayeres,
y mañanas…? ¿Dónde tú?
No te veo desde el trono
de papel donde os observo.
Decid, ¿dónde fuisteis todos?
No percibo aquellos trajes
con ojos, dedos y brazos
(mas no sé si con cabeza)
que me encumbraron tan alto.
¿Dónde fueron? ¿Dónde fuiste?
Solo logro ver las nubes
que danzan marcando círculos
coronando mi cabeza.
Ni siquiera las estrellas,
que cantaban nuestras noches
desde arriba, ahora observo.
¡Por Dios! ¿Qué locura es ésta?
¡Bajadme, yo os lo suplico:
no quiero ser ya más alto,
más alto que mi cabeza!



Gracias a todos por vuestra infinita paciencia.




jueves 28 de enero de 2010

Los Casos de Jáimez: Violación










Dedicado a la amiga Arwen,
y a sus palabras encriptadas.











- ¿Y en que paraje dice usted que apareció aquel cadáver desnudo, señor inspector?

- En una de las sierras más emblemáticas de la subbética cordobesa, amigo Calvillo. Precisamente me encontraba allí por azar, asistiendo a las nupcias de un compañero de promoción que tenía promesa de casarse en el santuario de su patrona. Terminada la ceremonia, y cuando ya descendiamos por otra ruta paralela para celebrar el almuerzo en el pueblo, detuve mi coche instintivamente al observar varios vehículos oficiales aparcados en el arcén de la carretera.

- Supongo que era el lugar donde se había cometido el crimen, pero ¿Se evidenciaba el cuerpo desde allí?

- No. Realmente permanecía oculto, agazapado entre unos arbustos de romero y rodeado de chaparros. Fue descubierto casualmente por unos vecinos que preparaban un perol familiar aquel domingo. Por cierto, Calvillo, no dije que el cadáver apareciera desnudo... En realidad éste se encontró semidesnudo, con los pantalones y la ropa interior recogidos a la altura de los tobillos.

- ¡Pobre mujer, que shock debió sufrir su familia! ¡Exigiría la cárcel de por vida para todos esos canallas violadores!

- ¿Por qué ha presupuesto el sexo del difunto? ¿Quién ha mencionado que el cuerpo fuese el de una mujer? Tenga usted paciencia, y no se anticipe como siempre al transcurso lógico de mi historia.

- Perdone, inspector: es que tal como me la venía narrando, he imaginado como se sucedía la escena con todo lujo de detalles...

- Atienda usted Calvillo, y no me interrumpa más de manera tan gratuita. El cadáver, en realidad, pertenecía a un varón: un hombre alto y corpulento, más bien entrado en carnes. Y en lo único que tengo que darle la razón es que todos los indicios que hallamos en un primer reconocimiento visual apuntaban a una posible violación. Además de aparecer desvestido, el cuerpo presentaba evidentes signos inflamatorios y hemorrágicos alrededor del ano, además de un gran hematoma a nivel del escroto. Por otra parte había sufrido una tremenda contusión a la altura del hueso parietal derecho, lo que evidenciaba una fractura abierta en esa misma zona. Pero lo que finalmente iba a resultar más esclarecedor fue la piedra que atesoraba aferrada a su mano izquierda: aún conservaba restos orgánicos sanguinolentos. Ya le digo: todas las primeras pistas apuntaban directamente a un abuso consumado, que supuestamente terminó convertido en un cruel asesinato. Un lamentable final para aquel infortunado hombre, que parecía haber querido defenderse a toda costa.

- Al menos aquellos restos biológicos, los que permanecían adheridos al pedrusco, serían una prueba determinante para demostrar la autoría del homicidio. Se conoce que el infeliz consiguió, en último término, herir a alguno de sus agresores.

- Claro, Calvillo. Y esa fue precisamente la primera conclusión a la que llegamos in situ, sin analíticas de por medio. Pero había algo en aquella estampa campestre que no acababa de convencerme... Algo de aquella escena me resultaba evocadoramente familiar; pero no conseguía determinar que demonios era.

- Un déjà vu en toda regla.

- En cierto modo así fue. Por eso, mientras aguardábamos la llegada del forense y del juez, que andaban practicando las diligencias de un suicidio en una pedanía cercana, continué indagando por mi cuenta. Así descubrí un pequeño reguero de sangre, e interpreté que la víctima llegó a desplazarse unos metros desde el lugar primario de la agresión hasta que finalmente se desplomó en el suelo. Deshice pues aquel hipotético camino, y finalmente mis pesquisas me condujeron hasta el verdadero emplazamiento de los hechos. Y fue allí, a modo de flashback, dónde empecé a vislumbrar la verdad.

- Encontró allí nuevas pruebas inculpatorias.

- Puede decirse que sí, Calvillo, y acabé reconstruyendo el incidente en su totalidad. Pero antes de revelarle la solución del enigma, permítame que le haga una pequeña confidencia...

- Pues usted dirá, Jáimez.

- Cuando acudo como invitado a una boda eclesiástica nunca asisto a la ceremonia en sí. Espero a que los novios suban hasta el altar, después salgo a la calle, busco el bar más cercano, y allí aguardo finalmente, entre cerveza y tapita, a que concluya el rito.

- !Tres cuartos de hora inmejorables!

- Pues bien, justo al lado de aquella ermita, y formando parte del mismo edificio, hay un pequeño local donde sirven los mejores caracoles en salsa de toda la comarca... Un delicioso plato, se lo puedo asegurar. Un poco pasados de pimienta, eso sí, pero realmente exquisitos. Este fue el primer dato que enlacé directamente con aquella extraña muerte. Calculé que habían transcurrido unas 24 horas desde que se produjo la misma, por lo que ésta debió suceder entre las 12 y las 15 horas del día anterior. El vehículo de la víctima se hallaba incrustado en el arcén, posicionado con miras hacia el pueblo. Siendo así, no cabía otra posibilidad más que viniera de la ermita; y más concretamente del pequeño refugio gastronómico, puesto que el santuario, al parecer, solo abre los domingos cuando se celebra algún enlace. Sin embargo aquel local, según leí en un cartel que cuelga de su puerta de entrada, sí que lo hace a diario. Aquel hombre volvía por tanto de allí, y tengo la completa seguridad de que había estado ingiriendo caracoles la mañana del sábado. No tendría sentido que recorriese los diez kilómetros que distan desde el pueblo hasta la sierra, si no fuese para degustar la especialidad de la casa.

- Su deducción es más que certera...

- Pues aún puedo decirle más, Calvillo: podría casi jurarle que ingirió una cantidad inusual de caracoles. Ya le dije que el aspecto físico que presentaba el difunto era el de un hombre corpulento y obeso. Una persona que seguramente no moderaba su alimentación, ni en calidad ni en cantidad. Sume a esto una casi segura gastritis, y añádale el estreñimiento, síntomas ambos consecuentes a su sobrepeso.

- Me he perdido, inspector... ¿Dónde pretende llegar con los dichosos gasterópodos?

- ¡La pimienta, amigo, la pimienta!

- ¿La Pimienta? ¿Qué pimienta?

- ¡La pimienta con la que el generoso cocinero aderezaba los caracoles! Aquel condimento le terminó de fastidiar el estómago a aquel hombre.

- ¿Y?

- ¡Joder, Calvillo! ¿Para que le sirve esa pequeña materia gris que rellena anárquicamente su cráneo? Fue el motivo que le hizo detenerse con presura en aquel preciso lugar. Recuerde que le insinué que su vehículo apareció incrustado en el arcén... Aquel pobre hombre detuvo con prisa su coche porque no aguantaba más. Y esto ya le situó en la misma escena del crimen.

- Se le descompuso el vientre...

- Llámelo como quiera. El caso es que se bajo apresuradamente del automóvil, buscó un lugar cercano y se dispuso en cuclillas para evacuar.

- Fue el momento en que lo atacaron aquellos canallas.

- Sí, fue en aquel preciso momento. Pero tengo que corregirle: en realidad el agresor fue sólo uno.

- ¿Sólo uno?

- Sí. Incluso le diré el nombre, porque lo conozco: Timon Lepidus.

- ¡Lo sabía: tenía que ser un extranjero!

- ¡No sea animal, Calvillo, y no me saque conclusiones tan precipitadas y racistas! ¿Recuerda que antes le comenté que había algo en aquella escena que no me convencía? ¿Recuerda que algo me resultaba familiar? Entonces acudió como un golpe a mi memoria: hemorroides... Hemorroides externas trombosadas.

- ¿Almorranas?

- Sí, Calvillo, una trombosis en las almorranas. Eso era lo que aquel buen hombre padecía, muy acorde también con el estreñimiento sufrido por su obesidad. Mi suegro las soportó en cierta ocasión, y aquella era la imagen que no conseguía recordar. Los condimentos picantes, como la pimienta, aumentan también el dolor en esta zona. Después, una casualidad llamada Timon Lepidus hizo el resto.

- Por favor, inspector Jáimez, ¿quiere explicarme de una vez quién es ese tipo?

- No se trata de ninguna persona. Es el nombre científico del Lagarto Ocelado, un reptil muy común en aquellos parajes. Aunque su dieta son principalmente los insectos, a veces también se alimenta de la carroña.

-¿Quiere decirme que el lagarto mordió sus almorranas?

- Así fue. El Timon mordió sus hemorroides trombosadas mientras aquel hombre permanecía en cuclillas.

- ¡Ah! Ahora entiendo entonces lo de la famosa piedra. Con ella mató al animalito.

- No, Calvillo; no hizo falta ninguna piedra. El tremendo dolor le hizo perder el equilibrio y se sentó bruscamente en el suelo, aplastando como consecuencia al pobre lagarto. Eso fue lo que descubrí, mientras curioseaba entre sus excrementos a unos metros del cadáver. Después se incorporó, y la sinrazón le hizo correr sin fortuna hacia el coche, ya que no recordó primero subirse el pantalón que colgaba a la altura de sus tobillos... Su irreflexiva huida se vio truncada por aquellos grilletes de tela: trastabilló, cayó al suelo, y fue a golpearse mortalmente en la cabeza. Ahí tiene el caso resuelto.

- Y entonces, ¿de quién eran aquellos restos orgánicos con sangre que encontraron en la dichosa piedra?

- Calvillo, no sé por qué aún me sigue sorprendiendo su falta de sagacidad... El día que le coja un apretón de vientre sin papel higiénico a mano y en mitad del campo, procure llevar encima su nombramiento de funcionario del cuerpo. Seguro que jamás podrá encontrarle mejor utilidad.












sábado 23 de enero de 2010

Les Yeux Sans Visage








Divagando cierto día con Mar - a la que por cierto echo muchísimo de menos- se me ocurrió espetarle que nosotros -los blogueros en general- eramos, simplemente, unos productos cibernéticos anónimos. Una tesis ofensiva que, obviando la buscada provocación jocosa, no compartimos ninguno de los dos; en absoluto.

En el clásico Le Yeux Sans Visage (Ojos sin Rostro, Francia, 1960), el realizador Georges Franju narra la historia de un cirujano desquiciado, el doctor Genessier, que se dedica a secuestrar bellas jóvenes para arrancarles la piel de rostro con el objeto de intentar devolverle la belleza perdida al de su hija, de la cual personalmente se autoculpa. A pesar de que la jóven sufre varias intervenciones plásticas a manos de su padre, su tez vuelve una y otra vez a degenerarse, por lo que el Mad Doctor no tendrá otra opción que seguir asesinando.

Hasta aquí todo resulta elemental. Ahora, quizás reste la tarea más compleja: conseguir haceros partícipes de mi descabellada metáfora. Naturalmente, sin ninguna muerte de por medio.

Cuando se inicia la andadura en este mundo (¡Blog en construcción!), el nuevo inquilino debe sentirse como aquel científico de la película; como el padre de aquella malograda joven, observando a su frente un deformado rostro que pretende ir embelleciendo, en mayor o menor medida. Y en principio, deleitándose sólo con la magnificencia que consigue admirar a su alrededor, pero consciente de la deformidad propia -objetiva o subjetiva- que llega a producir desde el exterior: un rostro deslucido, inacabado, ausente de belleza, de piel, de contenido. Un vivo diamante en bruto, implorando con humildad ser pulido por unas manos sosegadas y prudentes.

Muchas veces me he sentido como aquellos ojos sin rostro. Y os lo digo con toda la sinceridad del mundo. En primer lugar por reconocerme como lo que realmente soy ante la mayoría de vosotros: un ser anónimo del que sólo conocéis, precisamente, aquella cualidad física. Y en segundo lugar por que sigo viendo aquí, en mi propio blog, aquella recurrente imagen: la tez desfigurada de aquella malograda muchacha. Cada nuevo post que empujo a la aventura no deja de ser un aloinjerto que intenta recubrir aquellos otros que, con el transcurrir inevitable de los días, han empezado a degenerar. Pero nunca dejo de ser consciente de mis limitaciones como cirujano... Por eso sé que esta reiterativa intervención quirúrgica, tarde o temprano, concluirá con un esperado final.

Mientras tanto intentaré seguir aquí, luchando por renovar aquellos injertos: los propios y también los vuestros, los que me aportáis consciente o inconscientemente como blogueros, pero ante todo los que me transmitís como personas... Un placer impagable, que siempre llevaré conmigo. Cada uno de nosotros, con toda seguridad, habrá sido empujado por diferentes motivaciones para continuar en esta difícil pero reconfortante andadura. Para algunos será su propia copa del más exquisito de los caldos; para otros su necesario pañuelo de lágrimas, su particular humo de la risa, su propia llave del armario al que jamás debió verse obligado a entrar... Estoy convencido de que para vosotros, como para mí, el blog habrá representado en innumerables ocasiones el papel de fiel amigo que siempre supo, con infinita paciencia, escucharnos. Nunca seremos un producto manufacturado... No. En todo caso, una gran caja de bombones de insólitos sabores pero hechos a mano, que deberemos abrir siempre con extraordinaria humildad para compartir con los demás.











jueves 14 de enero de 2010

Una Tarde en el Zoo




Foto: Zoológico de la Avenida 26 - Cuba




Desde su limitada altura permaneció durante un buen rato absorto y reflexivo, observando con sumo interés a aquel grupo a traves de las verjas que demarcaban uno de los recintos del zoológico. Y llegó finalmente a la conclusión de que no hallaba diferencias significativas, en los aspectos más básicos, entre los chimpancés y los humanos. Al menos entre los de menor edad. Aquellas crías a las que venía contemplando, por ejemplo, se divertían exactamente igual que lo hacía él a diario: ideaban travesuras montados encima de un columpio, jugaban a hacer carreras, o discutían por una simple bolsa de frutos secos, para terminar siempre echándose el brazo por encima. Creyó encontrar muchas similitudes entre ellos, pero sobre todo los intuía como unos seres pacíficos y sociables. Quizás algo retozones y escandalosos, pero no hubiera juzgado su conducta como un peligro potencial.

Estas y otras razones le hacían replantearse la justificación de aquel encierro. Y pensó que, al menos él, se hubiera sentido muy dichoso jugando aquella tarde, fuera de su jaula, con aquellas crías humanas.









jueves 31 de diciembre de 2009

Campanadas de Nochevieja









Nunca le había gustado usar ropa interior. Por eso, tras recoger su vestido hasta más arriba de la cintura, ella fue a recostarse desnuda sobre su espalda, dejando descansar sus esculturales nalgas muy cerca del borde de la cama. Después agarró con su mano derecha el racimo de uvas que había preparado sobre la mesita de noche, y le fue arrancando una a una hasta un total de doce, colocándolas de manera que formaran una perfecta hilera que atravesaba de norte a sur todo su abdomen. Yo, acercándome hasta su pubis rasurado, fui rodeando con mis brazos sus tersos muslos, para acabar separándolos de golpe, como si abriera con desazón una vieja tenaza oxidada. En ese momento repicaron los primeros cuartos en el reloj del televisor. Ella se quejó entonces, y vino a recordarme el bramido de un toro maltrecho antes de afrontar su última suerte. Aquello me excitó aún más. Después, hundiendo sus codos en el colchón, fue incorporándose lentamente de forma que aquellas voluptuosas esferas iniciaran su sinuoso recorrido vientre abajo, hasta llegar a mis labios, que acabarían finalmente saboreando aquella sensual cena improvisada mientras ella escanciaba a placer una botella de cava sobre mi cabeza.

¡Donnnng! ¡Donnnng! ¡Donnnng! ...

¿...? ¿Tres?

- ¿Te ocurre algo, Carlos?

- Nada, Juan... Nada. Otra maldita pesadilla con mi ex como cruel invitada. Perdona si te desperté. Intentemos retomar el sueño: aún restan cuatro horas más hasta que amanezca.

Mis músculos estaban entumecidos, y sentía mucho frío. Aunque todo estaba oscuro, intuí como de lejos un grupo de transeuntes se felicitaba por la entrada del nuevo año. Sólo me consoló pensar en el café con leche caliente que aquel uno de enero nos ofrecerían como desayuno en el albergue de Cáritas.





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Quisiera pediros disculpas por no visitaros desde hace tiempo, ni contestar a vuestros comentarios, ni recoger vuestros premios. Y quiero pedíroslas, porque sin duda las merecéis. Soy víctima de una contrariedad sin la menor importancia, pero que me seguirá impidiendo durante un tiempo indeterminado retomar mi habitual ritmo en estos lares. Gracias a todos por vuestra compresión.

¡Os Mando Mis Mejores Deseos Para El Año 2010!








sábado 21 de noviembre de 2009

Los Casos de Jáimez: Muerte Súbita




(Muerte Súbita - Ximena Medina, 2004)





- Así lo certificó el acta de defunción: Exitus por muerte súbita. El forense no encontró nada extraño, a pesar del minucioso reconocimiento que tuvo que practicar al cadáver. Bueno, faltaría a la verdad si obviase un pequeño detalle, pues en realidad si que surgió algo inusual en el examen del cuerpo: decenas de puntos hemorrágicos sembrados anárquicamente por todo el pericardio. Técnicamente se les llaman petequias. Nada, en último término, a lo que el facultativo pudiera darle una explicación científica. Posiblemente un sufrimiento del corazón, previo a la parada cardíaca, pero no relevante para el caso. Llegados a este punto, por tanto, no quedaba ya ninguna duda sobre la causa del fallecimiento. Ya le digo, una muerte súbita en toda regla.

- De hecho, inspector Jáimez, hablamos de un varón sano, sin factores de riesgo conocidos ni antecedentes familiares destacables. No hubiese sido lógico pensar en ningún otro diagnóstico.

- Lo sé, Calvillo, lo sé... Sin embargo de este caso emanaba un tufillo extraño que me hizo presagiar algo más allá de las hipótesis de trabajo puramente científicas. Podríamos decir que tuve una extraña intuición: llamémosla metafísica, si quiere, pero algo a fin de cuentas que escapaba a mi razón.

- ¿Realmente no hubo entonces ningún indicio racional, inspector?

- Ninguno, Calvillo, ninguno: somos profesionales, y no debemos guiarnos por augurios clarividentes. De hecho no existía ningún sospechoso, por lo que nadie tuvo que justificar coartada alguna. Incluso Sonia, la infeliz viuda, tampoco tenía nada que ocultar. Era una mujer seria y reservada: así me la describieron sus vecinos. Nunca solía salir de casa; y cuando en contadas ocasiones lo hacía, siempre era acompañando a su esposo. Fuera de estos escarceos, ninguna vida social. Conseguí una orden judicial para registrar la vivienda, mero protocolo, aunque no llegué a descubrir nada que pudiera inculparla. Ni una pequeña evidencia que poderle imputar. A veces me sorprendo a mí mismo intentando acusar a alguien por simple necesidad. Debe ser la deformación profesional que me han impuesto los muchos años de servicio.

- Entonces, inspector, podemos hablar de un caso cerrado, ¿no?

- Ni siquiera eso, amigo Calvillo: las evidencias nos confirman que en realidad nunca hubo caso.




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La escrupulosa inspección que la brigada de la policía científica llevó a cabo en la casa del difunto sólo pasó por alto dos insignificantes detalles: a nadie le extraño encontrar, junto a la caja de la costura, aquel curioso alfiletero de fieltro con forma de muñeco; con su pequeño corazoncito atravesado por decenas de finísimas agujas. Por otro lado tampoco nadie estimó oportuno indagar en las raices haitianas de la viuda.

Cuando todos se marcharon, Sonia pudo al fin esbozar una ácida sonrisa: en un plazo no inferior a siete días extraería, uno a uno, todos aquellos mortales alfileres.

Aquel singular detalle sería la espoleta que detonara finalmente la reversión del terrorífico proceso: las neuronas de aquel cerebro muerto se reactivarían, produciendo en el cadáver una lacerante sensación de irreparable dolor. Horas después se irían sumando, uno tras de otro, los demás sentidos; justo cuando empezara a ser más evidente su avanzada descomposición. Y en último término, consciente y horrorizado, aquel cuerpo se enfrentaría durante el resto de sus días a una lenta y agónica pesadilla: la de la muerte en vida.

Una idéntica sensación a la que ella había experimentado durante los años en que sufrió, desde la primera a la penúltima, todas sus horribles vejaciones.












sábado 14 de noviembre de 2009

Geometría








Cuando el deseo se vuelve geométrico, rehuyendo la anarquía de las formas, la pasión se acomoda en su diván, exigiendo cita previa. Los besos, entonces, empiezan a olvidar su aroma; y la fugacidad del momento va transformándolos, después, en gélidos relojes de arena que desgranan con insensible dilación las horas muertas. Tristes hojas de otoño, que acaban despeñándose entre el amanecer y el alba...

Apenas recuerdo ya el paladar de tu boca.








domingo 8 de noviembre de 2009

El Objetivo









Fecha: 8 de Noviembre de 2059.
Lugar: La Tierra.


Debíamos de partir al alba, sin más demora. Dos Compañías de nuestro mismo Batallón habían tratado de alcanzar el objetivo algunas horas antes, pero su tentativa, desdichadamente, resultó infructuosa. Así, en esta ocasión, fue el propio General en persona quien salió a despedirnos antes de nuestra marcha:

- Sois jóvenes, y soy consciente de ello. Aunque también lo eran vuestros compañeros, los que os precedieron en esta ardua operación… ¡Pero ellos se entregaron con osadía hasta las últimas consecuencias, defendiendo un ideal en el que siempre habían creído! También sé que la formación que habéis recibido no ha sido la más completa, la más acorde con el objetivo que deberéis de cumplir. Aunque para mí la veteranía tampoco ha significado nunca mayor grado. Me consta ante todo que sois soldados de valía, y que estaréis dispuestos a entregaros con arrojo hasta la muerte. No lo espero, lo sé. Las primeras órdenes de esta misión ya debéis de conocerlas; el destino, por ahora, seguirá siendo un alto secreto. Se que os alegrará conocer que el Capitán Sthick será quien os tutele hasta el final. También él os completará los últimos detalles, llegada la hora. ¡Soldados: cumplan con honor su cometido! ¡Flagelo siempre flagela!

Emocionados, coreamos al unísono el saludo a la Compañía del Gran Flagelo Azul, y aguardamos ansiosos el instante preciso en el que Sthick debía de indicarnos el inicio de aquella larga jornada. Nadie hubiera podido cuantificar la adrenalina que debía estar fluyendo es esos instantes con total libertad por mi organismo, pues el corazón parecía querer dinamitarme el pecho en cien mil trocitos minúsculos.

Transcurrieron tres ciclos de tiempo completos, y a una señal de nuestro Capitán, irrumpimos a toda prisa en aquel húmedo y lóbrego pasadizo que parecía no tener fin. A partir de entonces nuestra progresión fue un continuo ascenso por aquella abrupta cima. Fue allí donde muchos de los nuestros empezaron a quedarse rezagados… Para siempre.

No se habían cumplido aún quince ciclos, cuando la luz de aquel insufrible hueco fue abriéndose como el amanecer de un día estival, dándonos paso a una insólita gruta de dimensiones algo más desahogadas. Llegados a este enclave, Sthick dispuso hacer un alto en el camino para pasar a detallarnos la nueva situación:

- Aquí están vuestras últimas órdenes: necesitamos invadir la Zona C. Ese es nuestro objetivo. Y debe ser esta misma noche. Mañana todo esfuerzo será ya en vano. Será suficiente si uno solo de nosotros consigue franquear las cubiertas protectoras de la misma. Si logramos hacerlo podremos considerar esta misión como un completo éxito. De los demás, nunca se sabrá nada: ninguno regresará con vida al campamento base. Los ciclos temporales durante los cuales hemos estado expuestos a esta atmósfera viciada , son suficientes para iniciar la degeneración progresiva de nuestra materia corpórea. Y ya habéis comprobado en muchos de vuestros compañeros que el proceso resulta irreversible ¿Alguien quiere hacerme alguna pregunta?

Nunca el silencio pudo resultar tan lacerante. Entonces el Capitán se puso en pie, y alargando la mano derecha hasta la altura de su frente fue girando la cabeza para saludarnos en grupo por última vez. Después, dispuso que continuáramos con la marcha tras de él.

Y así lo hicimos. Siete unidades de distancia más adelante, logramos distinguir la entrada de la trompa de Falopio derecha de Carol; el óvulo, quedaba poco más allá...





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Aquella insólita gripe de indecible nombre que asoló el planeta a principios del siglo XXI, había hecho estragos entre la población masculina: el 95% de los varones quedó estéril. Así, bajo el auspicio de los gobiernos mundiales, nacieron las figuras de los Inseminadores Sociales, que trabajaban diariamente a destajo para compensar aquella virilidad diezmada. Todo resultó inútil.












martes 3 de noviembre de 2009

¡Silencio, Por Favor!









Dedicado a Polidori.









- ¿Está aquí el doctor de guardia?

- Sí, agente: yo soy el enfermero, ¿qué es lo que ocurre?

- Nos han avisado por teléfono al cuartelillo: una señora intenta despertar a su padre que está encamado, pero no consigue que éste le responda.

- ¿Sabe usted si aquel hombre respira?

- Es lo primero que le hemos preguntado, pero ella dice que no tiene estudios para determinar eso. Si quieren tenemos ahí fuera el coche patrulla, así que pueden acompañarnos y les abriremos el paso hasta el lugar.

Avisé sin dudar al médico, para no hacerles esperar. Mi compañero cogió su fonendoscopio y su talonario de recetas (¿?), y yo agarré un pequeño maletín con medicación. Corría el año 1985, y por aquel entonces sólo había un equipo sanitario de guardia en aquel ambulatorio, así que no era habitual salir a la calle si no se trataba de una verdadera urgencia. Las heridas y cortes se atendían en la contigua Casa de Socorro; y a los accidentados de tráfico los recogía una ambulancia que los trasladaba directamente al hospital, sin mediar atención de ningún tipo. Sino era finalmente, y por desgracia, el propio vehículo de pompas funebres quién tuviera que hacerse cargo del servicio. Además, no se atendían avisos por teléfono, de manera que algún familiar del solicitante tenía que acudir personalmente a firmar nuestra salida para que pudiéramos justificar la misma en caso de que ocurriera algo en nuestra ausencia. No disponíamos de ambulancia propía, de desfibrilador o de electrocardiógrafo. En realidad no recuerdo que tuviésemos ni siquiera un ambú. El caso es que acudimos sin demora hasta el domicilio requerido, casi con lo puesto, y entramos en aquella casa vociferando, y a toda prisa.

- ¿Dónde está el paciente?

- ¡Aquí! ¡Sigan rectos hasta el fondo! -escuchamos desde muy lejos.

Y atravesando sin pausa un largo y estrechísimo pasillo llegamos hasta el último dormitorio de la casa. Allí nos encontramos el cuerpo de un varón anciano, que yacía pétreo en una cama de matrimonio, con la casi certeza visual de llevar muchas horas ya fallecido. La que dijo ser su hija, en apariencia ajena a la realidad del cuadro, permanecía en una esquina de la habitación con las manos en los bolsillos de su bata, apoyada en la pared y extrañamente serena.

- ¿Cuánto tiempo lleva así? Vaya, me refiero a sin poder moverse... -preguntó cauto mi compañero de guardia.

- No sabría que contestarle -titubeó la aún no oficialmente huerfana-. Anoche decidió acostarse muy temprano, porque decía que no se encontraba bien. Es que yo duermo en otra habitación, con mi madre, que está paralítica desde hace un año.

El médico, girándose hacia mí, vino a obsequiarme con una mantenida mirada de poker, mientras levantaba el rígido brazo de aquel cuerpo inerte para controlar su inexistente pulso. Después, con una solemnidad exquisita, extrajo un fonendoscopio del bolsillo de su americana, desabrochó uno de los botones del pijama del cadáver, y mientras se agachaba para auscultarlo me dijo en voz baja:

- Por favor: ve tomándole la tension.

Yo, colocado justo en el lateral contrario de la cama, obedecí sin rechistar, a pesar de que sabía exactamente cuales iban a ser las cifras sistólica y diastólica de aquel paciente.

- No consigo oir nada -puntualicé al minuto. Pensé que era la mejor respuesta que podía darle delante del familiar.

- Carga entonces una ampolla de Efortil y se la inyectas intravenosa -me replicó el galeno.

Así lo hice con diligencia. El ambiente que se respiraba en aquella habitación tornaba tenso por momentos. La hija continuaba expectante en su reservada esquina; mi compañero muy pendiente de la evolución de mi trabajo; y yo, con la paciencia al límite, pensando en cómo concluiría finalmente aquella disparatada historia. Cuando finalicé la técnica me puse en pie, y ambos volvimos a cruzar la mirada, para mantenerla así durante algunos segundos. De pronto, el médico se volvió hacia la mujer para decirle:

- Mire, señora, hemos hecho todo lo humanamente posible por su padre. Ahora, lo único que resta es esperar -y girándose hacia un enorme ventanal que se hallaba frente por frente de la cama, prosiguió explicándole-. Hay demasiada luz aquí: sería deseable bajar esa persiana, y después correr totalmente las cortinas. Así, sin ruido y con la habitación en penumbras, el paciente reposará más tranquilo- y él, personalmente, lo hizo. Después, mirando con atención su reloj de pulsera, continuó aconsejándola.- Mire, señora: son ahora las diez y media... Sería prudente que aguardáramos un par de horas más, para esperar la bondad del tratamiento. Mientras tanto, usted me lo va observando de vez en cuando. Nosotros, como usted comprenderá, debemos de marcharnos ya: el servicio de urgencias está sólo, y tenemos la obligación de atender a todo un pueblo. Buenos días, señora...

Cuando iniciamos el retorno con dirección a la calle, aquella mujer, que ni siquiera se había movido de la esquina donde se apoyaba, nos interrogó serenamente con curiosidad:

- Y entonces, señor doctor, si dentro de dos horas mi padre continua igual, ¿vuelvo a llamarles de nuevo?

El médico, ya desde el pasillo de salida, giró un instante la cabeza para sentenciar:

- Si eso ocurre, señora, sería más prudente que avisara con diligencia a la funeraria del pueblo.

Volvimos los cuatro en el coche patrulla hasta el ambulatorio, sin mediar una sola palabra. Al salir del vehículo dimos las gracias a la policia por su colaboración. Ya, bajando la rampa que daba acceso a la puerta de entrada del servicio de urgencias, el médico detuvo sus pasos y se giró hacia mí, consciente de que yo necesitaba algún tipo de explicación:

- Lo siento, pero no puedo remediarlo: nunca encuentro el momento preciso para dar una mala noticia.










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